EVANGELIO Y REFLEXIÓN DIARIA.
D. Carlos José Romero Mensaque O.P.
Fraternidad de Laicos Dominicos
“Amigos de Dios” (Bormujos, Sevilla)
09 Junio 2026
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Palabra de Dios.
“La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra”
El texto del libro de los Reyes, más allá de la historia de Elías y la viuda extranjera de Sarepta, nos presenta a un Dios que se hace presente en las circunstancias más adversas de la vida de los hombres. La viuda, pagana, lo reconoce en el profeta extranjero y se pone a su servicio. En ella contemplamos la triste realidad de la penuria más extrema y el valor supremo del Amor como Donación de Sí misma a quien lo necesita.
En el texto el propio Dios, en la persona del profeta, peregrina fuera de su Casa, del Pueblo por Él elegido y nos descubre que, más allá de creencias aprendidas, de instituciones sagradas, se hace visible, comprensible: su Palabra es Palabra de Vida, de Consuelo, de un Amor que conmueve y dinamiza, un Amor que pone en evidencia que lo imposible puede suceder si hay Fe.
La historia del profeta y la viuda es la de cada uno de nosotros cuando descubrimos que el Dios en que creemos no espera muchas veces a que vayamos a su encuentro en los lugares “sagrados” de referencia, sino que sale a nuestro encuentro en las fronteras de la vida y de la fe y con su Amor nos dinamiza, nos consuela y no deja que se consuma nuestro pan.
“Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín”
La sal, la luz en el candelero, la ciudad en lo alto del monte son signos con lo que el Señor nos quiere explicar que la Fe necesariamente es testimonio de vida para que sea auténtica, que no basta aceptar unas verdades, cumplir unos mandamientos o asistir a unos cultos. La Fe es un Sí a un Dios que da sentido, alegría y esperanza, a un Dios que por Amor se hace hombre y es capaz de dar la Vida por nosotros…
Aceptar esta Fe en mi vida es lo que me impulsa a “ser sal”, es decir, a no conformarme con la mediocridad de una sociedad donde cada uno va a lo suyo, aunque en el fondo siempre están insatisfechos: son sosos por inercia.
Vivir esta Fe es lo que me anima a “ser luz” y que no me importe si con ello me ponen en un celemín o incluso se me vea en lo alto de un monte. Los primeros cristianos, según la carta a Diogneto, eran testimonios de amor y verdad entre los paganos, que se asombraban de sus actitudes y comportamientos. Como explica fray Bernardo Sastre: "Iluminar no es lo mismo que brillar. El cristiano luce, no se luce"
Ciertamente nada de esto es fácil y menos aún en la sociedad donde vivimos, pero al menos debe quedar en nosotros la humilde aspiración a intentarlo en la esperanza de que el Señor, como a la viuda de Sarepta, no va a dejar que se nos acabe el pan y el aceite.
«Jesús nos urge a que seamos luz para la sociedad. El mismo que dijo: «Yo soy la luz», nos dice ahora «vosotros sois la luz del mundo». La luz de Cristo es la luz de la fe, la luz de la vida que nace con más fuerza justo en el momento de la muerte; la luz del amor que se hace pleno cuando es capaz de la renuncia total; la luz de la confianza, de la esperanza que se mantiene siempre viva; la luz de la bienaventuranza descubierta en la pobreza o en la persecución; la luz de Cristo y este crucificado. Pero una luz que se esconde no sirve para nada. El siguiente ejemplo que pone el Señor nos ayuda a entender cuál es nuestra misión: ser como una ciudad edificada sobre un monte, que siempre se ve, que es como punto de referencia y sirve de orientación para los que se encuentran medio perdidos en el camino. Eso mismo debemos ser los cristianos en medio de este mundo complicado y oscuro, deberíamos ser faros, casa acogedora para todos los que andan perdidos en busca de luz, de verdad, de amor.»
(José Manuel Lorca Planes, obispo de Cartagena)
D. Carlos José Romero Mensaque O.P.

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