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sábado, 31 de enero de 2026

          Reflexión del Evangelio de hoy

Hna. Águeda Mariño Rico

Congregación de Santo Domingo

Centro de Predicación Bíblico Pastoral

Convento de San Valentín de Berrio Ochoa (Villava)

31 de enero de 2026

Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla».

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.

Lo despertaron, diciéndole:

«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!».

El viento cesó y vino una gran calma.

Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».

Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

Palabra de Dios.

 

"El Señor perdona tu pecado"... pero el pecado tiene consecuencias

El Señor envió al profeta Natán. Este hizo que el rey David pronunciara una sentencia condenatoria, presentándole un caso ficticio como si fuera real. De este modo, David dictó su propia condena.

David ha ofendido gravemente al Señor al hacer lo que a Dios no le agrada. Apoderarse de la esposa de Urías para hacerla su mujer. David tiene adormilada su conciencia y ve el mal del otro, pero no el suyo. David despertó en su conciencia y admitió haber pecado contra el Señor.

Cuando nos alejamos del camino del Señor, Dios actúa en nuestras vidas para hacernos ver el daño que estamos generando con nuestro comportamiento y propiciar arrepentimiento y cambio en nosotros.

David fue capaz de realizar el camino de regreso al corazón de Dios, dejándose transformar por su misericordia. 

Aunque Dios siempre nos perdona, el mal causado tiene consecuencias. Hacer el mal no es gratuito y generalmente el más débil o los más cercanos son los que la sufren las consecuencias del desorden y desamor generado.

¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?

Los discípulos están en tierra firme con Jesús. Mucha gente les sigue y acompaña. Están cómodos, seguros, protegidos. Son los discípulos del Maestro.

Al atardecer, cuando desaparece la luz, Jesús les dice “pasemos a la otra orilla”.

La inseguridad comienza a percibirse y sienten miedo. Les pide alejarse de “la zona de confort” para ir a “la otra orilla”, remando mar adentro en el evangelio. Pero temen pensar “de otro modo”, temen arriesgarse. Se sienten solos y surge la desconfianza.

Acontece la tempestad. Todo su mundo se tambalea y la barca parece anegarse y hundirse. No confían, se alejan de Jesús.

Jesús al otro lado de la barca recostado descansa en calma con la cabeza reposando sobre la madera, símbolo de su muerte. En sueños está en comunión con Dios donde no hay tinieblas ni zozobras.

Los discípulos se atreven a increparle “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”.

Ninguno fue capaz de confiar y tranquilizar a los demás, con el agravante de que el miedo les hizo dudar del poder de Dios en Jesús

Solo desde la confianza en comunidad, Dios puede actuar y trasformar nuestro mundo. 

En comunidad, confiando, nos hace ver “en la otra orilla” realidades más auténticas sustentadas sobre “roca” firme. Disipa las tinieblas a la luz de la Fe. Juntos, de su mano sentimos que nuestra barca ya no se hunde. Entonces nos llenamos de respeto y Temor de Dios

Pasemos juntos con confianza a la otra orilla de su mano.

Señor Jesucristo, haz que confiemos. Inúndanos de Fe. Abre nuestros ojos, como hiciste con los discípulos en la barca, para que juntos nos demos cuenta de tu presencia, disipando nuestros miedos y dudas.

Rogamos a Dios nos de un corazón nuevo para que nos dejemos trasformar por su misericordia.

Jesús, despierta nuestra conciencia y ayúdanos a confiar en ti en comunidad.

 ¿Cómo puedo dejarme trasformar por tu misericordia?

¿Cómo puedo profundizar en mi fe?

 

 

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