Reflexión del Evangelio de hoy
Hna. Águeda Mariño Rico
Congregación de Santo Domingo
30 de enero de 2026
Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 26-34
En aquel tiempo, Jesús decía al gentío: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
Palabra de Dios.
En la primera lectura, un detalle aparentemente pequeño marca el inicio de un proceso peligroso: “David se quedó en Jerusalén” mientras los reyes salían a campaña. Esa ausencia no es anecdótica, revela un corazón que se deja llevar por la comodidad, que prefiere quedarse en lugar de asumir responsabilidades.
A partir de ahí, todo se encadena: el deseo, la manipulación y la muerte de Urías. El pecado no aparece como un acto aislado, sino como consecuencia de confiar en uno mismo más que en Dios. David tenía poder, influencia y la bendición de Dios, pero dejó que su necesidad de controlar todo lo que le rodeaba lo desviara del servicio.
Cada gesto de manipulación o encubrimiento abre camino a consecuencias mayores, muchas veces irreversibles. Esta historia no habla solo de un rey antiguo; nos interpela a todos: ¿En qué áreas de mi vida busco controlar lo que solo Dios puede guiar? ¿Dónde actúo desde la comodidad o el miedo y no desde la verdad y el servicio?
El relato de David nos recuerda que el poder sin humildad puede desordenarlo todo. Mientras David trataba de imponer su voluntad, Jesús nos enseñará otra lógica: la del Reino que crece desde la confianza y lo pequeño.
Del afán de controlar a la confianza que libera
Después del relato duro y desestabilizador de David, el Evangelio de hoy suena casi como un susurro, pero un susurro que dice una verdad profunda. David quiso controlar la realidad: controlar el deseo, las consecuencias, las personas, incluso la muerte. Y en ese intento de dominio, todo se fue desfigurando. Jesús, en cambio, habla de un Reino que crece precisamente cuando el ser humano acepta no tener el control absoluto.
La parábola del sembrador que duerme y se levanta mientras la semilla crece “sin que él sepa cómo” nos confronta con una tentación muy humana: creer que todo depende de nosotros. David cae cuando se coloca en el centro, cuando confunde su poder con un derecho. El sembrador del Evangelio, en cambio, cumple su parte, siembra, y luego confía. No vigila obsesivamente la tierra, no manipula el proceso. Acepta que hay un misterio que no le pertenece.
Este contraste es muy actual. Vivimos en un mundo donde quien controla parece tener razón: control de territorios, de recursos, de relatos, de personas. Lo vemos a diario en los conflictos armados, en el uso de la información que manipula, en sistemas económicos que aplastan al más débil para sostener privilegios. También en pequeño, en nuestra vida cotidiana, podemos caer en la misma lógica: controlar para no sentirnos vulnerables, imponer para no perder, tapar errores para mantener una imagen.
Jesús propone otra manera de estar en el mundo. El Reino no se impone como hizo David, no elimina al otro para sobrevivir, no acelera procesos a costa de vidas. Crece desde abajo, desde lo pequeño, desde una semilla casi ridícula como el grano de mostaza. Ahí está la gran inversión del Evangelio: lo que parece insignificante acaba dando cobijo; lo que no domina, transforma.
Este mensaje no es ingenuo ni evasivo. No invita a la pasividad ni a cerrar los ojos ante el mal. Invita a revisar desde dónde actuamos. ¿Desde el miedo a perder el control o desde la confianza en que Dios sigue actuando incluso cuando no vemos resultados inmediatos? David actuó para salvarse a sí mismo; el Reino crece cuando dejamos espacio para que Dios sea Dios.
En un mundo cansado de líderes que imponen soluciones rápidas e interesadas, y generan más injusticia, desigualdad y muerte, el Evangelio nos propone una paciencia activa. Sembrar gestos de justicia, de reconciliación, de verdad, aunque parezcan pequeños. Resistir la tentación de “arreglarlo todo” a nuestra manera. Creer que Dios actúa también en lo oculto, en lo lento, en lo que no hace ruido.
Quizá ahí, en ese gesto humilde, el Reino ya esté creciendo sin que yo sepa cómo.

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