Diario de Santa Faustina, 118
A mi parecer y según mi experiencia, la regla sobre el silencio debería estar en el primerísimo lugar. Dios no se comunica a un alma habladora que, como un zángano en una colmena, zumba mucho pero no recoge miel. El alma habladora está vacía por dentro. Carece tanto de las virtudes esenciales como de la intimidad con Dios.
Una vida interior más profunda, de paz suave y de aquel silencio en el cual habita el Señor, es totalmente imposible. El alma que nunca ha probado la dulzura del silencio interior es un espíritu inquieto que perturba el silencio de los demás. He visto a muchas almas en los abismos del infierno por no haber guardado el silencio; ellas mismas me lo dijeron cuando les pregunté cuál era la causa de su perdición. Eran almas religiosas. ¡Dios mío, qué agonía es pensar que no sólo podrían haber estado en el cielo, sino que incluso podrían haber llegado a ser santas! ¡Oh Jesús, ten piedad!

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