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miércoles, 11 de marzo de 2026

NOVENA A SAN JOSÉ

Varón justo, custodio del Verbo y amparo de la Iglesia

Alberto José González Chaves, Pbro.

DÍA SEGUNDO

 


Oración al Padre

Padre eterno, fuente de toda luz y de toda paternidad en el cielo y en la tierra: tu Verbo hecho carne, Jesucristo nuestro Señor, quiso aprender a obedecer y amar en el silencio del hogar de Nazaret, bajo la mirada vigilante y humilde de José, tu siervo fiel.

Tú quisiste confiar a este varón justo las dos maravillas más grandes de tu amor: Jesús, tu Hijo amado, y María, la llena de gracia.

Haz que al contemplar su fe sin ruido, su obediencia pronta, su fortaleza escondida y su corazón limpio y fiel, aprendamos también nosotros a vivir el Evangelio en la sencillez de cada día, a custodiar la gracia recibida y a perseverar en el bien aun cuando la noche parezca larga.

Tu Hijo quiso vivir sujeto a José en la tierra, porque en este santo Patriarca pusiste un misterio de paternidad espiritual para toda tu Iglesia.

Concédenos, pues, que al acercarnos a él con confianza filial aprendamos la fidelidad escondida de Nazaret, la obediencia pronta a tu voluntad y el amor silencioso que sostiene la vida cristiana.

Por Jesucristo, tu Hijo, que quiso vivir sometido a la autoridad terrena del carpintero de Nazaret y amarle con amor filial. Amén.

 

Invocación al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo, luz suave que llenó de gracia la casa de Nazaret.

Forma en nosotros el Corazón de Cristo según el modelo fuerte y fiel de San José, para que aprendamos de él la obediencia silenciosa, la pureza del alma y la fidelidad que no se cansa.

Tú que inspiraste a Teresa de Jesús un amor tan grande a este glorioso Patriarca, enciende también en nosotros ese mismo afecto filial, para que experimentemos lo que ella misma afirmaba con tanta sencillez y firmeza: « Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él… no me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.» Amén.

 

Meditaciones para cada día

DÍA SEGUNDO. San José, esposo castísimo de María

José bendito, hoy vuelvo los ojos a otro misterio de tu vida: tu amor a María. Si grande fue el encargo que recibiste de custodiar al Hijo de Dios, no fue menor el de recibir en tu casa a la mujer más hermosa que ha existido jamás, a la llena de gracia, a la elegida desde toda la eternidad para ser Madre del Verbo encarnado. Aquí se descubre, José, la más alta nobleza de tu corazón: Dios te dio a María como esposa, y tú supiste amarla con una pureza tan luminosa que la Iglesia no ha encontrado palabras más adecuadas para nombrarte que estas: esposo castísimo.

Tu amor no fue un amor pobre ni disminuido; fue un amor más grande, más limpio, más fuerte, porque estaba enteramente ordenado a Dios. Amabas a María con la ternura propia de un esposo y al mismo tiempo la mirabas con la reverencia que inspira la obra singular de Dios. No quisiste poseer el misterio que el Señor había puesto en tus manos; quisiste custodiarlo. En ese amor tuyo se manifiesta una forma de grandeza que el mundo apenas comprende: la grandeza de quien sabe amar sin apropiarse, servir sin imponerse, y alegrarse más en la obra de Dios que en la propia afirmación. Tú recibiste a María en tu casa con una humildad profunda; la acompañaste en el misterio que se realizaba en ella; velaste por su honor cuando nadie entendía todavía los designios de Dios. Y así tu amor se convirtió en una alianza de fidelidad silenciosa, en una comunión de corazones enteramente orientados hacia el Señor.

Qué delicadeza tan profunda había en tu alma, José; sólo un corazón verdaderamente limpio puede amar de esa manera: con amor humano y al mismo tiempo con reverencia sobrenatural; con cercanía afectuosa y con un respeto tan grande que reconoce en la persona amada una obra de Dios que debe ser custodiada. En tu amor a María brilla la belleza de esa caballerosidad interior que eleva el amor humano y lo purifica: no hay en ti posesión ni dominio, sino cuidado fiel; no hay deseo desordenado, sino una ternura fuerte que protege, que sostiene y que se entrega.

Teresa de Jesús, que hablaba de ti con tanta familiaridad, me exhorta a confiar en tu patrocinio: «Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios.» Ella sabía bien que quien se acerca a ti aprende inevitablemente a amar mejor a la Virgen y a comprender con más profundidad la belleza del amor cristiano. Hoy el mundo habla mucho de amor y lo entiende poco; confunde amar con poseer, querer con dominar, desear con entregarse. Muchas veces reduce el amor a sentimiento pasajero o a búsqueda egoísta de satisfacción, olvidando que el verdadero amor es siempre una forma de donación. Pero tú me enseñas otra cosa: me enseñas que el verdadero amor sabe respetar, sabe custodiar, sabe servir y sabe alegrarse en el bien del otro más que en el propio. Enséñame tú, José bendito, mi padre y señor, la pureza fuerte que hace al hombre dueño de sí mismo; esa delicadeza viril que sabe tratar a los demás con respeto y caballerosidad, y esa nobleza interior que nace del amor verdadero. Enséñame a mirar a los demás como tú mirabas a María: con respeto profundo, con gratitud por la obra de Dios en cada alma, con un amor que no busca apropiarse, sino proteger y ayudar a crecer. Y haz que aprenda también, José, a amar más a la Virgen, porque quien se acerca a ti descubre siempre en tu corazón un camino seguro hacia Ella; y quien ama a María encuentra a Jesús, el fruto bendito de su vientre y el centro de toda vuestra vida en Nazaret.

 

Oración conclusiva a la Santísima Virgen

María santísima, Esposa fiel del glorioso Patriarca San José y Madre bendita de nuestro Señor Jesucristo: tu vida estuvo inseparablemente unida a la de aquel varón justo a quien Dios confió el cuidado de tus días y la custodia del Hijo eterno hecho Niño.

Tú conociste mejor que nadie la nobleza silenciosa de José: su fe sin ruido, su obediencia pronta, su corazón limpio, su trabajo humilde en el taller de Nazaret, su vigilancia amorosa sobre el Niño que dormía bajo vuestro techo.

Tú viste cómo, día tras día, sostenía la vida de la Sagrada Familia con el esfuerzo de sus manos; cómo velaba por vosotros en las noches inciertas; cómo obedecía a la voz de Dios aun cuando el camino se abría entre sombras.

Y junto a él viviste Tú misma esa vida escondida que el mundo apenas conoce, pero que el cielo contempla con admiración: vida de oración profunda y trabajo humilde,
de mortificación silenciosa y fidelidad constante al designio de Dios.

Enséñanos, Madre Inmaculada, a amar esa vida escondida de Nazaret; a descubrir la grandeza de lo pequeño, la fecundidad del sacrificio silencioso y la paz que nace de vivir enteramente para Dios.

Oh, María, cuánto te amó José y cuánto se alegraba su corazón al servirte;  Por eso hoy, con delicadeza humilde, nos conduce a Ti.

Porque el corazón de José, tan fuerte y tan noble,  sabe que nadie se acerca a Jesús con mayor seguridad que de tu mano.

Por eso acudimos hoy a Ti con confianza filial: enséñanos a ir a José con amor;
haz que aprendamos a refugiarnos bajo su patrocinio, a confiar en su intercesión poderosa y a imitar la fidelidad de su vida.

¡Qué dulce porfía!: José, con elegante caballerosidad, nos conduce hacia Ti; Tú, con sabiduría esponsal, nos llevas a José; y ambos, con ternura de padres, nos poneis siempre con Jesús.

Que, tomados de vuestras manos unidas, aprendamos a amar cada vez más al Señor
y a desear con toda el alma que su reinado se extienda en el mundo.

Haz, María, que el Corazón de tu Hijo reine en nuestras vidas, en nuestras familias y en la Iglesia entera.

Y que, sostenidos por tu amor maternal y por la protección del glorioso San José, vivamos siempre en la fidelidad de Nazaret, hasta el día en que podamos contemplar para siempre a Jesús en la gloria del cielo. Amén.

 


 

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