NOVENA A SAN JOSÉ
Varón justo, custodio del Verbo y amparo de la Iglesia
Alberto José González Chaves, Pbro.
DÍA SEXTO
Oración al Padre
Padre eterno, fuente de toda luz y de toda paternidad en el cielo y en la tierra: tu Verbo hecho carne, Jesucristo nuestro Señor, quiso aprender a obedecer y amar en el silencio del hogar de Nazaret, bajo la mirada vigilante y humilde de José, tu siervo fiel.
Tú quisiste confiar a este varón justo las dos maravillas más grandes de tu amor: Jesús, tu Hijo amado, y María, la llena de gracia.
Haz que al contemplar su fe sin ruido, su obediencia pronta, su fortaleza escondida y su corazón limpio y fiel, aprendamos también nosotros a vivir el Evangelio en la sencillez de cada día, a custodiar la gracia recibida y a perseverar en el bien aun cuando la noche parezca larga.
Tu Hijo quiso vivir sujeto a José en la tierra, porque en este santo Patriarca pusiste un misterio de paternidad espiritual para toda tu Iglesia.
Concédenos, pues, que al acercarnos a él con confianza filial aprendamos la fidelidad escondida de Nazaret, la obediencia pronta a tu voluntad y el amor silencioso que sostiene la vida cristiana.
Por Jesucristo, tu Hijo, que quiso vivir sometido a la autoridad terrena del carpintero de Nazaret y amarle con amor filial. Amén.
Invocación al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo, luz suave que llenó de gracia la casa de Nazaret.
Forma en nosotros el Corazón de Cristo según el modelo fuerte y fiel de San José, para que aprendamos de él la obediencia silenciosa, la pureza del alma y la fidelidad que no se cansa.
Tú que inspiraste a Teresa de Jesús un amor tan grande a este glorioso Patriarca, enciende también en nosotros ese mismo afecto filial, para que experimentemos lo que ella misma afirmaba con tanta sencillez y firmeza: « Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él… no me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.» Amén.
Meditaciones para cada día
DÍA SEXTO. San José, patrono de los trabajadores
José bendito, cuando el Evangelio nos habla de los años de Nazaret lo hace con suma discreción; pero en ese silencio se esconde una de las enseñanzas más profundas de tu vida. Porque Dios quiso que su Hijo pasara la mayor parte de sus años en el trabajo humilde de un taller. No eligió para Él los caminos visibles del poder ni las ocupaciones que atraen la admiración del mundo; quiso, en cambio, que creciera en la vida ordinaria de los hombres, compartiendo el esfuerzo cotidiano con el que tantas familias sostienen su existencia. Y allí estabas tú, José, cada mañana, en la sencillez del trabajo fiel. Tus manos conocían la madera, las herramientas, el peso de las horas largas y el cansancio de la jornada; pero ese trabajo humilde, que a los ojos del mundo podía parecer pequeño, estaba lleno de una dignidad inmensa, porque se realizaba bajo la mirada de Dios y al servicio de la familia que Él mismo te había confiado.
El misterio de Nazaret es conmovedor: el mismo que había creado los árboles aprendía a trabajarlos; el que sostiene el universo aceptaba el cansancio del trabajo humano; el Señor de todas las cosas quiso vivir sujeto a tu enseñanza, compartiendo contigo la disciplina del oficio y la fidelidad del trabajo bien hecho. Así se santificó el trabajo humano.
En tus manos, José bendito, el trabajo dejó de ser sólo una necesidad para convertirse en una vocación; dejó de ser únicamente un esfuerzo para convertirse también en una forma de servicio; dejó de ser una fatiga inevitable para convertirse en una ofrenda silenciosa que sube cada día hasta Dios. En el taller de Nazaret no se realizaban prodigios visibles; no había allí discursos ni milagros que atrajeran la atención del mundo. Pero en ese lugar escondido se estaba formando el corazón humano del Redentor y se estaba enseñando a la humanidad entera que la santidad puede crecer en lo ordinario de la vida.
Teresa, que tenía una mirada tan penetrante para las cosas de Dios, comprendía bien esta grandeza escondida cuando hablaba de tu vida con tanta admiración: sabía que el Señor suele esconder sus mayores maravillas en lo pequeño, y que muchas veces lo que el mundo considera insignificante es precisamente lo que Dios mira con mayor complacencia. Por eso el trabajo, cuando se realiza con rectitud de intención, se convierte en un camino de santificación. El esfuerzo cotidiano, la responsabilidad asumida con fidelidad, la perseverancia en las tareas humildes, todo eso va formando en el alma una fortaleza interior que prepara el corazón para amar a Dios con mayor pureza.
Enséñame tú, José, padre y señor mío, a trabajar sin quejarme cuando la tarea parece pesada; a perseverar cuando los días se repiten sin novedad; a cumplir con fidelidad lo que Dios ha puesto en mis manos, aunque nadie lo vea ni lo agradezca. Haz que mis manos aprendan de las tuyas la nobleza del trabajo bien hecho; que mi corazón no busque sólo el éxito o el reconocimiento, sino la alegría de servir a Dios en lo pequeño. Y cuando el cansancio me visite o la monotonía parezca vaciar de sentido mis jornadas, recuérdame el misterio de Nazaret: aquel lugar humilde donde el Hijo de Dios trabajó contigo durante largos años, santificando con su presencia el esfuerzo cotidiano de los hombres. Entonces comprenderé que ningún trabajo es pequeño si se realiza con amor, y que cada jornada ofrecida a Dios en una piedra preciosa con la que se edifica el Reino de los cielos.
Oración conclusiva a la Santísima Virgen
María santísima, Esposa fiel del glorioso Patriarca San José y Madre bendita de nuestro Señor Jesucristo: tu vida estuvo inseparablemente unida a la de aquel varón justo a quien Dios confió el cuidado de tus días y la custodia del Hijo eterno hecho Niño.
Tú conociste mejor que nadie la nobleza silenciosa de José: su fe sin ruido, su obediencia pronta, su corazón limpio, su trabajo humilde en el taller de Nazaret, su vigilancia amorosa sobre el Niño que dormía bajo vuestro techo.
Tú viste cómo, día tras día, sostenía la vida de la Sagrada Familia con el esfuerzo de sus manos; cómo velaba por vosotros en las noches inciertas; cómo obedecía a la voz de Dios aun cuando el camino se abría entre sombras.
Y junto a él viviste Tú misma esa
vida escondida que el mundo apenas conoce, pero que el cielo contempla con
admiración: vida de oración profunda y trabajo humilde,
de mortificación silenciosa y fidelidad constante al designio de Dios.
Enséñanos, Madre Inmaculada, a amar esa vida escondida de Nazaret; a descubrir la grandeza de lo pequeño, la fecundidad del sacrificio silencioso y la paz que nace de vivir enteramente para Dios.
Oh, María, cuánto te amó José y cuánto se alegraba su corazón al servirte; Por eso hoy, con delicadeza humilde, nos conduce a Ti.
Porque el corazón de José, tan fuerte y tan noble, sabe que nadie se acerca a Jesús con mayor seguridad que de tu mano.
Por eso acudimos hoy a Ti con
confianza filial: enséñanos a ir a José con amor;
haz que aprendamos a refugiarnos bajo su patrocinio, a confiar en su
intercesión poderosa y a imitar la fidelidad de su vida.
¡Qué dulce porfía!: José, con elegante caballerosidad, nos conduce hacia Ti; Tú, con sabiduría esponsal, nos llevas a José; y ambos, con ternura de padres, nos poneis siempre con Jesús.
Que, tomados de vuestras manos
unidas, aprendamos a amar cada vez más al Señor
y a desear con toda el alma que su reinado se extienda en el mundo.
Haz, María, que el Corazón de tu Hijo reine en nuestras vidas, en nuestras familias y en la Iglesia entera.
Y que, sostenidos por tu amor maternal y por la protección del glorioso San José, vivamos siempre en la fidelidad de Nazaret, hasta el día en que podamos contemplar para siempre a Jesús en la gloria del cielo. Amén.

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