NOVENA A SAN JOSÉ
Varón justo, custodio del Verbo y amparo de la Iglesia
Alberto José González Chaves, Pbro.
DÍA QUINTO
Oración al Padre
Padre eterno, fuente de toda luz y de toda paternidad en el cielo y en la tierra: tu Verbo hecho carne, Jesucristo nuestro Señor, quiso aprender a obedecer y amar en el silencio del hogar de Nazaret, bajo la mirada vigilante y humilde de José, tu siervo fiel.
Tú quisiste confiar a este varón justo las dos maravillas más grandes de tu amor: Jesús, tu Hijo amado, y María, la llena de gracia.
Haz que al contemplar su fe sin ruido, su obediencia pronta, su fortaleza escondida y su corazón limpio y fiel, aprendamos también nosotros a vivir el Evangelio en la sencillez de cada día, a custodiar la gracia recibida y a perseverar en el bien aun cuando la noche parezca larga.
Tu Hijo quiso vivir sujeto a José en la tierra, porque en este santo Patriarca pusiste un misterio de paternidad espiritual para toda tu Iglesia.
Concédenos, pues, que al acercarnos a él con confianza filial aprendamos la fidelidad escondida de Nazaret, la obediencia pronta a tu voluntad y el amor silencioso que sostiene la vida cristiana.
Por Jesucristo, tu Hijo, que quiso vivir sometido a la autoridad terrena del carpintero de Nazaret y amarle con amor filial. Amén.
Invocación al Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo, luz suave que llenó de gracia la casa de Nazaret.
Forma en nosotros el Corazón de Cristo según el modelo fuerte y fiel de San José, para que aprendamos de él la obediencia silenciosa, la pureza del alma y la fidelidad que no se cansa.
Tú que inspiraste a Teresa de Jesús un amor tan grande a este glorioso Patriarca, enciende también en nosotros ese mismo afecto filial, para que experimentemos lo que ella misma afirmaba con tanta sencillez y firmeza: « Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él… no me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.» Amén.
Meditaciones para cada día
DÍA QUINTO. San José, protector de las vocaciones
José bendito, la vocación es siempre un misterio delicado que Dios deposita en el corazón humano como una semilla escondida. No nace con estrépito ni se impone con violencia; comienza muchas veces en lo secreto del alma, como una luz suave que apenas se distingue entre las ocupaciones de la vida. Crece lentamente, atraviesa dudas y pruebas, necesita ser protegida del ruido del mundo y de la inconstancia del corazón, hasta que llega el momento en que la voluntad debe decidirse a seguir lo que Dios ha mostrado.
Tú conociste bien, José, lo que significa responder a una llamada de Dios que desborda toda previsión humana. Tu vida parecía trazada con sencillez: un hombre justo, un trabajador fiel, una existencia humilde en el pueblo de Nazaret. Pero el Señor irrumpió en esa vida silenciosa y la transformó por completo. Primero te enfrentaste al misterio que rodeaba a María, misterio tan grande que superaba tu comprensión; luego escuchaste la voz de Dios que te pedía recibirla en tu casa y aceptar la misión que Él mismo había preparado. Más tarde, cuando el Niño había nacido, tuviste que levantarte en mitad de la noche y emprender camino hacia Egipto para salvar su vida; y después regresar de nuevo a la tierra de Israel para comenzar la existencia escondida de Nazaret.
Y tú obedeciste: no pediste explicaciones largas ni reclamaste seguridades humanas; te bastó saber que Dios lo quería. Por eso tu vida es escuela de vocación. Quien contempla tu fidelidad aprende que la voluntad de Dios no siempre se revela con claridad inmediata; aparece poco a poco, como una luz que se abre paso entre sombras, y exige del alma una confianza más grande que su propia comprensión. Por eso el alma que busca sinceramente la voluntad de Dios necesita un protector que la sostenga en las horas de incertidumbre, un guía que la ayude a reconocer la voz de Dios y un amigo que fortalezca su decisión cuando llega el momento de responder. Y tú eres, José bendito, ese protector.
Tú supiste escuchar a Dios en el silencio; supiste obedecer cuando su voluntad se manifestó, y supiste perseverar cuando el camino se volvió largo y exigente. Por eso puedes comprender las luchas del corazón humano cuando intenta descubrir su misión.
Guarda, pues, José bendito, padre y señor, las vocaciones que Dios suscita en su Iglesia. Guarda a los jóvenes que sienten en su interior la llamada al sacerdocio o a la vida consagrada; guarda a los que se preparan para formar un hogar cristiano; guarda a todos los que desean servir a Dios con generosidad en medio del mundo. Ayúdalos a escuchar la voz de Dios con claridad interior; líbralos del miedo que paraliza y de la mediocridad que apaga las grandes decisiones; dales valentía para responder con generosidad, sabiendo que quien se entrega a la voluntad de Dios no pierde su vida, sino que la encuentra en su plenitud. Y cuando el camino parezca oscuro, recuérdales tu ejemplo silencioso: el varón justo que, fiándose más de la Palabra de Dios que de sí mismo, aceptó una misión inmensa y la vivió con fidelidad hasta el fin.
Oración conclusiva a la Santísima Virgen
María santísima, Esposa fiel del glorioso Patriarca San José y Madre bendita de nuestro Señor Jesucristo: tu vida estuvo inseparablemente unida a la de aquel varón justo a quien Dios confió el cuidado de tus días y la custodia del Hijo eterno hecho Niño.
Tú conociste mejor que nadie la nobleza silenciosa de José: su fe sin ruido, su obediencia pronta, su corazón limpio, su trabajo humilde en el taller de Nazaret, su vigilancia amorosa sobre el Niño que dormía bajo vuestro techo.
Tú viste cómo, día tras día, sostenía la vida de la Sagrada Familia con el esfuerzo de sus manos; cómo velaba por vosotros en las noches inciertas; cómo obedecía a la voz de Dios aun cuando el camino se abría entre sombras.
Y junto a él viviste Tú misma esa
vida escondida que el mundo apenas conoce, pero que el cielo contempla con
admiración: vida de oración profunda y trabajo humilde,
de mortificación silenciosa y fidelidad constante al designio de Dios.
Enséñanos, Madre Inmaculada, a amar esa vida escondida de Nazaret; a descubrir la grandeza de lo pequeño, la fecundidad del sacrificio silencioso y la paz que nace de vivir enteramente para Dios.
Oh, María, cuánto te amó José y cuánto se alegraba su corazón al servirte; Por eso hoy, con delicadeza humilde, nos conduce a Ti.
Porque el corazón de José, tan fuerte y tan noble, sabe que nadie se acerca a Jesús con mayor seguridad que de tu mano.
Por eso acudimos hoy a Ti con
confianza filial: enséñanos a ir a José con amor;
haz que aprendamos a refugiarnos bajo su patrocinio, a confiar en su
intercesión poderosa y a imitar la fidelidad de su vida.
¡Qué dulce porfía!: José, con elegante caballerosidad, nos conduce hacia Ti; Tú, con sabiduría esponsal, nos llevas a José; y ambos, con ternura de padres, nos poneis siempre con Jesús.
Que, tomados de vuestras manos
unidas, aprendamos a amar cada vez más al Señor
y a desear con toda el alma que su reinado se extienda en el mundo.
Haz, María, que el Corazón de tu Hijo reine en nuestras vidas, en nuestras familias y en la Iglesia entera.
Y que, sostenidos por tu amor maternal y por la protección del glorioso San José, vivamos siempre en la fidelidad de Nazaret, hasta el día en que podamos contemplar para siempre a Jesús en la gloria del cielo. Amén.

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