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miércoles, 5 de agosto de 2026

        Reflexión del Evangelio de hoy

Fr. Benito Medina Carpintero O.P.

Convento de Santa Cruz la Real (Granada

“Señor, ayúdame”

5 Agosto 2026


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame».

Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra de Dios.

 

Aquella mujer que gritaba al Señor no era del pueblo escogido, era pagana. Esta división, pueblo escogido y pagano, estaba muy presente en tiempo de Jesús y tenía mucha fuerza, sobre todo, en el pueblo escogido.

Aquella mujer, cananea, no tenía mucha conciencia de esta división, para ella solo existía una niña, su hija, maltratada por un demonio que le quitaba la paz y no la dejaba vivir, y por eso grita con fuerza ante la presencia de Jesús, ella sabe que aquel profeta venido de Israel puede hacer algo por su hija.

Es lo primero que aprendemos de ella, aprendemos a gritar nuestra necesidad delante del Señor, somos conscientes de nuestra debilidad y flaqueza delante de nuestro Dios; la humildad nos hace reconocer nuestros propios errores. Y aunque parezca que, a veces, el Señor guarda silencio eso no nos desanima, seguimos clamando al único que puede liberar nuestra conciencia y curar nuestras heridas del cuerpo y del alma.

 

“También los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”

Ella se postró delante de Jesús y solo una expresión llena de dolor y esperanza brotó en su corazón de madre: Señor, ayúdame. ¡Cuántas veces también nosotros necesitamos postrarnos delante del Señor! en silencio, solo esperando una respuesta que aliente nuestra paz y fortalezca nuestra confianza en El.

Ante las palabras del Señor, aquella mujer, cananea, no se vino abajo, permaneció fiel, fiel a su condición de madre, fiel a su condición de pagana creyente. Sabía y había puesto su confianza en aquel hombre que venía de otro país, de otra tierra.

De alguna manera, la fe de esta mujer es una prueba cierta y verdadera de que las “migajas” de Dios llenan toda la tierra. Todo hombre, toda mujer solo por esa condición, que nos hace  hijos e hijas de Dios, llevamos en nosotros el germen de una fe que no conoce divisiones ni fronteras. La luz de Dios envuelve a toda la humanidad porque Dios ha sembrado de fe todos los surcos de la tierra.

 

Fr. Benito Medina Carpintero O.P.

 

 

 

 

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