El 4 de octubre celebramos la Pascua de San Francisco
Ya próximo a su tránsito, Francisco decía a sus hermanos: «“Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso es o poco lo que hemos adelantado”. No pensaba haber llegado aún a la meta, y, permaneciendo firme en el propósito de santa renovación, estaba siempre dispuesto a comenzar nuevamente. Le hubiera gustado volver a servir a los leprosos» (1 Celano 103). La Pascua de Francisco nos recuerda que cada día es una oportunidad para empezar de nuevo, para renovar nuestra respuesta al llamado del Señor, que nos envía al mundo entero como hermanos y hermanas para dar testimonio de Él con palabras y con obras, para atraer a todos al amor de Dios (cf. Paráfrasis del padre- nuestro 5).
En la sociedad contemporánea se prefiere mantener alejado el pensamiento sobre la muerte, no sólo porque nos recuerda que somos criaturas limitadas, sino también porque deja al descubierto esas falsas seguridades que nos hacen sentir dueños del tiempo y de la vida. Francisco de Asís, en cambio, recibe a la hermana muerte cantando, porque ha comprendido que la muerte no es el final de todo, sino el fin que nos permite entrar en plena comunión con Dios. De hecho, la vida es un don recibido que debemos restituir: «Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero» (Carta a toda la Orden 29).
El tránsito del Poverello es una ocasión para recordar que todos estamos llamados a la santidad y que, como él, estamos invitados a reflejar la belleza del Evangelio y de nuestra vocación franciscana, porque «la santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (Gaudete et exsultate 9).
¡Feliz día de San Francisco de Asis!


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