Del Diario de Santa Faustina, 288
¡Oh gran Dios, cómo admiro Tu bondad! Tú eres el Señor de las huestes celestiales y, sin embargo, Te abajas hasta la criatura más miserable. ¡Oh, cuán ardientemente deseo amarte con cada latido de mi corazón! No me basta toda la extensión de la tierra, el cielo es demasiado pequeño, y los mismos espacios infinitos no son nada; solo Tú me bastas, Dios eterno. Solo Tú puedes llenar las profundidades de mi alma.

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