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lunes, 2 de noviembre de 2026

         Reflexión del Evangelio de hoy

Fray Vito T. Gómez García O.P.

Convento de Ntro. Padre Sto. Domingo (Torrente, Valencia)

“Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida”

02 de noviembre 2026


Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-6

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomas le dice:

«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Palabra del Señor

 

Por su condición racional y volitiva de la que el hombre está dotado, se abre a la esperanza y consecución de unos valores que superan los puramente temporales y, en consecuencia, caducos. No se sacia uno alcanzando las metas que se acaban dentro de los linderos de la tierra, ni aun en el entero cosmos al que se abre de panera especial la civilización actual. Es evidente que, con solo la inteligencia, no puede descubrirse todo aquello a lo que tienden los deseos humanos, aunque se hallen muy recortados. La celebración del día consagrado a orar por los fieles difuntos es una buena oportunidad para dejarse iluminar por la fe y robustecer la esperanza, entrando en comunión con tantos familiares, bienhechores, amigos y, en definitiva, hermanos por la condición moral, que han logrado ya o están vías de conseguir la plenitud de sus aspiraciones.

Cierto que la revelación divina contenida en la Escritura y proclamados en esta jornada, esclarecen lo más profundo de la mente y serenan elevados anhelos. Así pues, no porque alguien cumpla solo pocos años se verá privado de la glorificación reservada a los justos. La peregrinación terrena se mide por una vida sin tacha, entregada al servicio de Dios y de los semejantes, colocándose sobre las alas de la providencia. Madurando en pocos años puede llenarse mucho tiempo para acceder a la eternidad con una gran capacidad para lo divino que se entrega sin reservas. La gracia y la misericordia son para los que eligen al Señor como su luz y salvación, porque preferidos por Dios somos todos. La espera y perseverancia en el bien lleva al país de la vida.

 “Cristo murió por los impíos”

Con un acto libre de la mente y del corazón, con que se desconectaron los humanos de su Creador, entró el pecado, la contaminación de lo creado y la muerte en la estirpe que nos es común. Pero Dios, hecho hombre en la persona divina de Jesucristo, murió por los pecadores que, aunque con fuerzas para llenar sobradamente su recorrido por el mundo, se cerraron el camino hacia la trascendencia que les llama. La mayor prueba del amor que Dios tiene hacia las criaturas hechas a su imagen y semejanza es la muerte y resurrección de Jesucristo. Con ambos misterios impensables, se abrió la muerte de los justos a la vida conectada definitivamente con Dios. Por Jesús hemos recibido la reconciliación.

 

“No perdáis la calma”

Una exhortación para todos los que peregrinamos en este «hoy de salvación» se resume en el no perder la calma, la tranquilidad operante, la paz conquistada diariamente, el sosiego y la serenidad. Es el Maestro quien, con toda sabiduría, nos indica en el Evangelio la senda para conseguir tal objetivo. La vereda no es otra que la de la fe, recibida como un regalo, apreciada, cultivada con esmero, profundizada con el conocimiento de lo revelado por Dios, que no se equivoca y jamás engaña. Esta creencia ha de estar incorporada a lo más hondo del ser,  profesada en el exterior, en circunstancias fáciles y penosas, en medio de aceptaciones, de indiferencias y rechazos.

En este día de plegaria ferviente en favor de los fieles difuntos necesitados, puede resultar muy útil traer a la memoria a personas que, por una razón u otra, hemos conocido. Individuos que, armados de su fe, no se han echado atrás, ni se han dejado derrumbar por la enfermedad, sino que han mantenido su vida con gratitud, aprovechándola con valentía y solidaridad para con los necesitados de valores; otros han preferido morir con tal de alumbrar una vida que siempre es asistida por la providencia; otros, impedidos para los trabajos, se han entregado a la oración ante el sagrario, mientras intentaban sofocar las llamas en una casa vecina a la suya; tantos otros, llegados a situaciones de martirio, eligieron morir de cara a los verdugos para bendecirlos.

Nuestra oración es válida también para los que provocaron muertes, aun de sus hijos no nacidos, de sus padres ancianos y desvalidos, de cualquier homicidio por motivo de odio, venganza, robos, guerras y ambiciones. Hasta el punto final de sus desenlaces tuvieron semejantes desdichados el rostro de Dios junto a ellos, suplicándoles el arrepentimiento, la retractación y la conversión. Dios perdona a quien, arrepentido de verdad, se confiesa culpable. Pero, borrada la culpa, permanece la pena que, en nuestras manos, está aliviarla mediante el acto más sublime de caridad, cual es la oración por semejantes hijos de Dios y hermanos nuestros.

 

Fray Vito T. Gómez García O.P.

 

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