Reflexión del Evangelio del día
Hna. Águeda Mariño Rico O.P.
Congregación de Santo Domingo
El voto de Jefté
21 de agosto 2025
Lectura del santo evangelio según san Mateo 22,1-14
En aquel tiempo, Jesús volvió hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados, encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los matarlos.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.”
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”
El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Palabra de Dios.
El relato del libro de los Jueces sobre el voto que Jefté hace al Señor y sus consecuencias es estremecedor. Jefté “era un guerrero valiente”, hijo de Galaad fuera de su matrimonio, había sido expulsado de su tierra por sus hermanos y vivía en la tierra de Tob. Cuando los amonitas declararon la guerra a Israel, los ancianos pidieron a Jefté que liderara la lucha. Él aceptó con la condición de que lo hicieran su jefe, a lo que accedieron.
El punto clave en la historia está en el inicio del texto que la liturgia recoge hoy: “El Espíritu del Señor vino sobre Jefté”. Es un valiente guerrero, los suyos le han aceptado como líder, pero el protagonista es el Señor y eso es lo que el libro de los Jueces va relatando de personaje en personaje. Quien guía la historia del pueblo y pone esos jefes que le van liberando y dando victorias en los momentos de peligro y dominación, es el Señor que sigue siempre fiel a la Alianza establecida.
En ese contexto se entiende el relato de la promesa que Jefté hace al Señor. Si ganan a los amonitas, le ofrece a Dios al primero que salga a recibirle al regresar a su casa. La alegría por la victoria se convierte en un drama terrible, pues quien le recibe es su única hija. Se ha debatido mucho sobre el dilema moral que supone cumplir esta promesa hecha. También hay diferentes interpretaciones sobre la naturaleza del ofrecimiento, si suponía un sacrificio humano (prohibido en Israel), o la consagración de la joven al servicio del templo (más acorde con el duelo por no poder tener hijos).
Retomar la clave de que es el Señor quien elige a Jefté para esta misión, nos permite entender el enorme sentido del voto hecho. Jefté es consciente de que es un enviado y por eso pone la batalla, y el sacrificio de alguien de su casa, en manos de Dios. El dramatismo del relato refuerza la radicalidad de la fe de Jefté. No se plantea si cumplir o no la promesa hecha, sino que se ve sumido en un dolor indescriptible por las consecuencias de la misma. Y se refuerza la fe, y el sólido compromiso de Jefté con el Señor, con la reacción de la hija: “haz conmigo según lo prometido”. El gran problema que ahonda el libro de los Jueces es la deslealtad del pueblo con su Dios. Jefté es el hombre capaz de cumplir con la promesa hecha al Señor aún cuando le suponga perder lo más querido, su propia descendencia. Es la gran enseñanza para Israel.
Invitados a la fiesta
El relato del evangelio de Mateo recoge la parábola del banquete de bodas. Jesús está en Jerusalén, en los días previos a la pasión, y el tono de su discurso y estas últimas parábolas es muy polémico. Esta parábola se extendió rápidamente entre las primeras comunidades cristianas, por lo que ha habido varias versiones. Mateo une dos partes: el aviso a los convidados, que responden con indiferencia e incluso violencia, claro mensaje a los escribas y fariseos que traman su muerte; y el comensal que no lleva el traje adecuado, dirigido más bien a los primeros cristianos.
Destacaría tres ideas que pueden ayudarnos a interiorizar, cuestionarnos personalmente o como comunidad, y acudir al banquete del Reino con gozo y compromiso.
El sueño de Dios es esa gran mesa de banquete esponsal, llena con todos sus hijos e hijas, disfrutando de la fiesta y la alegría, celebrando el amor. Jesús ha intentado transmitirlo de todas las formas posibles, con gestos, parábolas, invitado o convidando, sentándose él mismo a la mesa en infinidad de ocasiones, incluso con pecadores y rechazados. Dios es padre de todos, buenos y malos, y a todos ama y desea invitar para sentarse con él a su mesa. ¿El mayor gozo de mi vida es ser hijo/a amado/a por Dios y vivir como tal?
La dureza de las reacciones del rey ante quienes desprecian la invitación refleja la crudeza del momento que vive Jesús. La rigidez y el rechazo de su mensaje de salvación llega a un punto sin retorno. Vivimos en un relativismo tal que pareciera que todo vale mientras satisfaga mis deseos y anhelos personales. Si Dios me conviene, le acepto; pero si me complica, me confronta o trastoca mis planes, entonces le rechazo o paso simplemente de Él. Y hay decisiones que tomamos en la vida, opciones y acciones que tienen un carácter definitivo. El daño está hecho, la negación te ha cerrado esa puerta. Hemos de ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos y ser consecuentes con nuestros compromisos, leales y generosos con Dios y con los hermanos.
Dios sigue invitando, incansablemente, en las ciudades, los pueblos, los cruces de caminos y en las fronteras. Sólo hay un traje posible para acudir al banquete: el de la fraternidad. La mesa y la fiesta no tienen sentido si no se comparte. En todos hay un anhelo infinito de felicidad, de paz, de sentido. La búsqueda nos pone en camino y nos abre a la oportunidad de recibir la invitación. El Amor de Dios siempre encuentra caminos. Vivamos atentos porque la alegría de acoger esa invitación nos dará una felicidad que sana, reconforta, revive.
Hna. Águeda Mariño Rico O.P.
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